Había una vez un hombre que caminaba por un sendero polvoriento, cargando en sus hombros el peso de sus sueños no cumplidos. Cada paso le recordaba las veces que había dudado, las oportunidades que dejó pasar por miedo, las palabras que nunca se atrevió a escribir.
Al llegar a un claro en el bosque, encontró un espejo antiguo apoyado contra un árbol centenario. Su reflejo le devolvió no solo su imagen, sino también la de todos los «hubiera» que lo habían acompañado durante años.
«¿Por qué cargas con tanto peso?» le preguntó su reflejo.
El hombre suspiró profundamente. «Porque he fallado tantas veces… porque mis sueños parecen tan lejanos.»
«Dime,» continuó el reflejo, «¿acaso un escritor deja de serlo porque una página quede en blanco? ¿Deja de tener valor una historia porque aún no ha encontrado su final?»
En ese momento, el hombre comprendió que había estado midiendo su valor por los tropiezos del camino, no por la valentía de seguir caminando. Cada caída había sido una lección, cada «no» una redirección hacia algo mejor.
Se quitó la mochila de los reproches y la dejó junto al espejo. Al alejarse, sintió sus pasos más ligeros. Porque entendió que el verdadero fracaso no está en caer, sino en quedarse en el suelo cuando el corazón aún late con la fuerza de los sueños por cumplir.
Los objetivos no se alcanzan de la noche a la mañana, pero cada día que decides levantarte e intentarlo de nuevo, ya estás ganando la batalla más importante: la que libras contigo mismo.
Reflexión:** A veces necesitamos mirarnos en el espejo del alma para recordar que somos más fuertes de lo que creemos, y que nuestros sueños merecen cada esfuerzo que ponemos en ellos.